El fantasma del Convento de Monjas (Mérida)

Transcurría el año de 1785 y bajo la tenue luz de los faroles de las rectas calles de Mérida, los vecinos de la esquina conocida como la del Matadero Viejo, se estremecen de espanto al escuchar los lamentos de un alma en pena clamando a Dios el perdón para sus culpas.

En ese entonces el convento de las “Monjas” ocupaba más de una cuadra y en uno de sus rincones había una enorme cruz empotrada hasta la cual llegaba un estremecedor murmullo que se convertía en un lúgubre clamor que suplicaba con desesperación: “¡Perdón Dios mío! ¡Perdón Padre celestial!, atenúa mis grandes culpas para que mi alma pueda descansar en paz”.
Cuando algún trasnochador pasaba por aquel sitio, después del toque de ánimas, no podía hacer otra cosa que caer de rodillas, para unirse a la plegaria de aquella alma atormentada.

Pero ¿cuál era la causa de este suceso sobrenatural? La explicación se encontraba muchos años atrás cuando un apuesto pero humilde joven se había enamorado locamente de una bella chica de noble alcurnia. Sus nombres eran Gerardo y Beatriz.

Noche a noche se encontraban a escondidas sin más testigo que la luna y la suave brisa tropical. Sin embargo, un buen día fueron descubiertos por el padre de la joven, quien enfurecido los separó, para después internar a su hija en un convento.
Gerardo no pudo hacer otra cosa que ingresar al seminario, intentando que la bondad divina le hiciera olvidar la dura pena que inundaba su alma.

Pero aun siendo sacerdote, su alma era atormentada por el recuerdo de Beatriz, la cual seguía siendo el amor de su vida. Pos esta razón, cada noche, después de cerrar la iglesia de San Sebastián, de la que era párroco, se azotaba la espalda y pedía a Dios que le ayude a olvidarla.

Lamentablemente, esta plegaria no fue escuchada pues el obispo encomendó al padre Gerardo la tarea de ser confesor de la monjas concepcionistas, y fue ahí cuando se dio el reencuentro de estos dos enamorados a quienes el destino se empañaba en hacer sufrir.

Mientras la confesaba Gerardo reconoció la voz de Beatriz y después de aquello no pudieron contener las ganas de permanecer uno al lado del otro, por lo cual decidieron huir.

Caída la noche, el padre Gerardo salió del templo de San Sebastian y condujo a un caballo hasta el balcón en donde su amada lo esperaba. Una vez ahí, tomó la escalera de cuerdas que había llevado consigo y de cuyo extremo había un gancho. Después de varios intentos logró que aquella herramienta quedara sujeta a la pared.
Rápidamente subió hasta el balcón y al poco rato comenzó a bajar seguido de la monja a la que amaba.

Gerardo se dio prisa y llegó hasta el piso para sujetar la escalera en espera de su doncella. Fue entonces cuando intervino la fatalidad. El gancho de la escalera rompió la pared y la monja cayó pesadamente sobre las baldosas de la calle. Su cabeza tropezó con tal fuerza que la muerte fue instantánea.
Gerardo, lleno de pavor y desconcierto, emprendió la huida montado en su caballo, pero al llegar a la calle del matadero Viejo se topó con una estampida de ganado que había salido de aquel lugar. El caballo quedó aterrado y relinchó pegando un salto tan violento, que su jinete salió volando por los aires hasta encontrarse con el piso, en donde una piedra se encargó de destrozarle el cráneo.

Al amanecer, el cuerpo del padre Gerardo, con los sesos de fuera, fue encontrado en aquella esquina… y sin que nadie pudiera explicarse el porqué, en el callejón de las monjas fue levantada, también con el cráneo destrozado, Sor Beatriz, una sierva de Dios.
El mismo día fue colocada en la pared, de ese callejón, una cruz de madera, y cuanta la leyenda que desde entonces cada noche, mucho después del toque de queda, al iniciarse el toque de las ánimas, se abre la puerta de la sacristía de San Sebastián y una sombra de tosco sayal recorre la calle del Matadero Viejo hasta llegar a la enorme cruz donde gime lúgubremente y cae de hinojos clamando desesperadamente a Dios.

En la actualidad nadie ha contado haberse topado con el espectro, pero quien sabe, tal vez si tienes mucho valor y paciencia, y te quedas esperando hasta ya muy tarde en aquel lugar, también puedas escuchar ese leve murmullo que al pasar junto a ti se convertirá en un clamor que grite presa de la angustia: ¡Dios de los cielos! ¡Misericordia… perdón!

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